Sandra puede observar cómo va embruteciéndose, no se trata de un proceso ajeno a su conciencia.
Quiere agradar a los demás pero le resulta imposible, y en las contadas ocasiones que tiene de estar con ellos se muestra inoportuna y torpe. Su uso particular del humor la ubica en lugares indeseables.
Sandra sabe que va a quedarse sola, entiende que sus intentos carecen de sentido, que pierde aceite cada vez que entabla una conversación, cada vez que baila o se presenta.
Se consuela pensando que tal vez el repliegue pueda proporcionarle genio o encanto.
Sólo tiene que prometerse no aparecer nunca más.